martes, 8 de febrero de 2011

Octavio Alberola: Los anarcosindicalistas en la coyuntura actual.

Cuando acabamos de ver cómo sigue adelante el Plan de Ajuste impuesto por el poder económico neoliberal con la complicidad del Gobierno socialista y de lo sindicatos mayoritarios, ¿cómo no estar de acuerdo con las decisiones de las tres organizaciones que se proclaman anarcosindicalistas para encontrarse en la calle y oponerse conjuntamente a los designios del Capital y el Estado? ¿Cómo no apoyar tales decisiones si me parecen responsables y consecuentes con la coyuntura actual y con el ideal anarcosindicalista?
Esto es (en resumen) lo que manifesté en mi anterior artículo, solidarizándome con el de Suso, y cuál no sería mi sorpresa al leer algunos comentarios críticos y opuestos a tales decisiones. Una oposición justificada en nombre de la coherencia con los “principios, tácticas y finalidades” del anarcosindicalismo.
Nunca he querido dar lecciones a nadie y siempre he dudado de lo bien fundado de los que pretenden darlas. Sobre todo en lo tocante a la coherencia ideológica. Y ello porque, sí, como dijo Bakunín, “mi libertad comienza donde comienza la libertad del otro”, no veo en nombre de que Constitución o Libro sagrado se puede limitar la autonomía de cada anarquista o anarcosindicalista para intentar ser coherente con ese principio. El único que nos define verdaderamente como antiautoritarios. Un principio ético que sólo la práctica de cada uno puede servir para valorar si lo somos.
Dicho esto y dado que esos comentarios, opuestos al encuentro -en el terreno de las luchas sociales actuales- de las organizaciones que se reclaman del anarcosindicalismo, pretenden justificar tal oposición en la necesidad de coherencia entre “principios, tácticas y finalidades”, que suponen no mantienen los otros, me permito pues hacer a continuación algunas reflexiones al respecto. Y, puesto que algunos parecen haberlo olvidado, comenzaré por recordar que, al constituirse la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en 1910, sus principales objetivos son los de “desarrollar entre los trabajadores el espíritu de asociación, haciéndoles comprender que sólo por estos medios podrán elevar su condición moral y material en la sociedad presente”, y el de “apresurar la emancipación económica de la clase trabajadora a través de la expropiación revolucionaria de la burguesía”. Dos objetivos que reflejan la intencionalidad de su corpus ideológico, surgido del encuentro y fusión -en la teoría y en la acción- de dos convicciones, dos voluntades y dos tradiciones: la del asociacionismo obrero revolucionario y la del apoliticismo anarquista. Una conjunción natural, lógica y consecuente, tanto en la radicalidad como en el pragmatismo. Radicalidad y pragmatismo que algunos han querido y quieren pautar a través del “célebre” y voluntarista tríptico programático de “principios, tácticas y finalidades”. Esa especie de trinidad laica y revolucionaria que algunos la consideran como las “Tablas de la Ley”, y cuya interpretación sectaria –ya sea en el sentido de la “pureza” o del “posibilismo”- ha acabado provocando innúmeras escisiones en el seno de la CNT a lo largo de estos cien años.
La vigencia de los “principios, tácticas y finalidades” de la CNT
Sabemos que la historia del anarcosindicalismo español está marcada por un conflicto-lucha de preeminencia teórico-discursiva entre las dos convicciones, voluntades y tradiciones que, desde la fundación de la CNT, están al origen de su corpus ideológico. Una conflicto-lucha de preeminencia provocada por los diferentes modus operandi de las dos ideologías que desde entonces inspiran el actuar de esta organización obrera: la sindicalista, operando sobre lo concreto de la realidad económica, y la anarquista, sobre la subjetividad de la conciencia en la convivencia humana. Modus operandi que, en la práctica, se hacen presentes a través de una dualidad operativa y una dualidad temporal; pues, efectivamente, luchar por intereses materiales inmediatos y aspirar a la emancipación (que en todos los casos de figura no puede ser más que a largo plazo) implica necesariamente situar la lucha en dos temporalidades diferentes y actuar con dos perspectivas también diferentes. En el primer caso, las temporalidades del hoy y la del mañana, y, en el segundo, las perspectivas de mejorar las condiciones de vida dentro del sistema en vigor y la de luchar para destruirlo.
No es pues de extrañar que este conflicto-lucha por la preeminencia ideológica haya generado permanentemente problemas y enfrentamientos internos por la orientación programática y por el control burocrático de la organización. Problemas y enfrentamientos camuflados, consciente o inconscientemente, detrás del falso dilema de “coherencia” o “eficacia”, pese a ser obvio que sólo subjetiva y sectariamente se puede pretender ser más “coherente” o más “eficaz” que los otros. Y más entre antiautoritarios. Salvo, claro está, cuando también entre ellos prima el Yo sobre el Nosotros. De ahí que también debería ser obvio que en el caso de la temporalidad y en el de la perspectiva, la coherencia no puede ser concebible sin la eficacia y viceversa. ¿Qué sentido tendría y para qué serviría una coherencia ineficaz o una eficacia que no fuese coherente con la finalidad? La coherencia entre medios y fines no es sólo un principio ético, es también el fundamento mismo de la eficacia. Pues es evidente que el referente de tal coherencia es el principio ético que la funda; por lo que, en todo momento y circunstancia, el referente de la coherencia para los anarcosindicalistas no puede y no debe ser otro que el comportamiento antiautoritario.
En consecuencia, si el referente ético es el comportamiento antiautoritario, sólo puede haber y hay coherencia entre “principios” y “tácticas” cuando éstas son utilizadas para conseguir las “finalidades” a través de comportamientos antiautoritarios. Tanto si las “finalidades” son mejorar las condiciones de vida dentro del sistema en vigor como si son las de luchar contra este sistema. O sea, que sólo se puede hablar de coherencia en la vivencias cotidianas del etos y en la contingencia de la finalidad. Es decir: cuando nuestro comportamiento es antiautoritario en las vivencias cotidianas y en la contingencia de la lucha por la finalidad emancipadora. Tal es la coherencia, entre el ideal y la praxis sindical, que los anarcosindicalistas españoles se han esforzado en conseguir y mantener en los momentos más fructíferos de su historia.
Ideal y praxis sindical
Pues bien, a pesar de esta permanente tensión por la coherencia entre ideal y praxis sindical, el hecho es que los anarcosindicalistas españoles logran consolidar su organización, la CNT, y hacer de ella un referente ético y revolucionario para la clase trabajadora en la lucha contra todas las formas de explotación y dominación del hombre por el hombre. Y ello no sólo en España sino en el mundo.
Gracias pues al entusiasmo y a la integridad moral de esos luchadores, en los conflictos por mejorar las condiciones de vida de los explotados y oprimidos de cualquier signo, el anarcosindicalismo consigue impregnar de valores anarquistas a la clase trabajadora y a una buena parte de la sociedad española de su tiempo. Y esto es posible porque esos anarcosindicalistas no piensan en ningún momento que su intervención, junto a personas de otro pensamiento (pero igualmente explotadas), pueda poner en causa su identidad. Al contrario, están convencidos de que tal fraternización la potencia, puesto que los valores por los que luchan no son sólo para ser vividos por un grupo de anarquistas convencidos sino también por cualquier persona con aspiraciones de justicia y libertad.
Esos luchadores son conscientes de que los “principios, tácticas y finalidades” del anarcosindicalismo tienen un basamento ético, igualitario y antijerárquico: tanto en su funcionamiento asambleario horizontal como en su proyección emancipadora, el comunismo libertario. Pero también son conscientes de la necesidad de adecuar su acción a las condiciones de lucha de cada etapa: tanto por la capacidad del capitalismo para hacer frente a las exigencias obreras como por la adhesión o no de las masas a la lucha por la emancipación. Por ello adaptan las tácticas a las circunstancias sin renunciar a los principios y a las finalidades; pues saben que lo primordial, lo verdaderamente decisivo es conservar la capacidad de indignación, el deseo y la voluntad de luchar por la emancipación.
No, no lo olvidan, son plenamente conscientes de que ser asalariados y verse obligados a defender sus derechos dentro del marco laboral del sistema es contradictorio -en teoría- con sus finalidades de abolición del Capital y el Estado, de construcción de una sociedad comunista libertaria. No lo olvidan cuando, para atender prioritariamente el presente, adaptan su acción sindical a la nueva organización del trabajo impuesta por el Capital e incorporan las Federaciones de Industria en sus estructura orgánica. Ni cuando se ven obligados a luchar por la reincorporación de los despedidos en sus puestos de trabajo. No, no lo olvidan; pero tampoco olvidan su aspiración a un mundo sin explotación. La prueba de ello, de la coherencia con la voluntad emancipadora, la dan el 19 de julio de 1936 e inmediatamente después, al poner en marcha las colectividades en todas las zonas en donde el Capital y el Estado ha desaparecido.
El anarcosindicalismo español hoy
Sabemos cómo se frustra esa experiencia y el por qué, pese a ello, sigue siendo la más avanzada de todas las tentativas por construir un socialismo verdaderamente igualitario y antijerárquico. Sabemos también cómo se desarrolla el proceso de reconstrucción de la CNT tras la muerte de Franco y el por qué, desde entonces, hay en España tres organizaciones que se reclaman del anarcosindicalismo. Pero lo importante es que, después de 30 años de incomunicación, un prometedor proceso de reencuentro de ellas en las luchas sociales está ahora en marcha. Un proceso que puede revigorizar el anarcosindicalismo español y centrar de nuevo su acción en la coherencia y la eficacia del luchar...
Como el de ayer, el anarcosindicalismo de hoy vuelve a caracterizarse por la firme voluntad de conjugar su propuesta de resistencia, frente a las imposiciones del Capital, con su propuesta de construcción de una sociedad sin explotación ni dominación. Voluntad y, al mismo tiempo, esfuerzo por tener siempre un pie en la realidad presente sin renunciar a la aspiración manumisora. Voluntad de coherencia con el ideario; pero también de coherencia, de fidelidad al compromiso solidario con los trabajadores. Una voluntad y una práctica coherente con su discurso, que la distingue del sindicalismo institucional representado por los sindicatos mayoritarios... Ese sindicalismo, de CC OO y UGT, que pretende ser independiente de los partidos políticos; pero que, además de preconizar la colaboración de clases, firma pactos con la Patronal y los Gobiernos de turno en perjuicio de los trabajadores.
En tales condiciones, ¿cómo no apoyar tal proceso de encuentro en las luchas contra la Patronal y el Gobierno “socialista”? Un proceso que, además de mostrar la madurez ideológica de los anarcosindicalistas españoles, constituye una prueba concreta de su firme voluntad de “seguir haciendo un frente común para combatir los recortes sociales” y mostrar a los trabajadores que existe un “sindicalismo más combativo” para luchar por los “derechos laborales que hoy nos pretenden arrebatar”, como lo precisa Pako Millán, militante de la CNT-Cataluña. Un “frente común” que se quiere mantener, “pese a las discrepancias” y “diferencias estructurales de peso” que, según Millán, separan aún a la CNT de la CGT y Solidaridad Obrera; pero que puede truncarse… Pues los hay ya que intentan justificar, en base a tales “discrepancias” y “diferencias”, su oposición a ese encuentro y “frente común”... De ahí la necesidad y urgencia de interrogarse sobre la pertinencia de tales “discrepancias” y “diferencias” para saber si son realmente de peso y justifican esas oposiciones…
¿“Discrepancias” y “diferencias estructurales de peso”?
Yo no creo que estas “discrepancias” y “diferencias estructurales” sean de mucho “peso”. No sólo porque me parecen sin fundamento sino también porque las trayectorias de las tres organizaciones que se pretenden anarcosindicalistas no son muy diferentes. Además, las tres han hecho y hacen todo lo posible por ser consecuentes con la voluntad de resistencia y la voluntad transformadora del anarcosindicalismo. Tanto para defender los derechos laborales de los trabajadores como para crear o apoyar espacios sociales de convivencia libertaria: ateneos, escuelas racionalistas, etc. Inclusive en la incitación y desarrollo de actividades productivas autogestionadas para comenzar a experimentar ya en el presente las bases de la convivencia libertaria futura.
La realidad es que, salvo casos aislados, la gran mayoría de los anarcosindicalistas de las tres organizaciones se siente parte del pueblo y no separa su lucha por emanciparse de la lucha por la emancipación de todos. Pocos son los que en estas organizaciones se creen ser élite o vanguardia. Aunque, con eso no quiero decir que en el pasado no han sido suficientemente perseverantes en sus obsesiones elitistas o vanguardistas como para llegar a crear y mantener durante mucho tiempo ambientes sectarios y dogmáticos. Al extremo de impedir toda posibilidad de crítica interna y de diálogo y acercamiento con los militantes de las otras organizaciones. Por eso tiene hoy tanta importancia analizar objetivamente la realidad de estas “discrepancias” y “diferencias estructurales”. No sólo porque no parecen ser realmente de peso o, al menos, de suficiente peso, como para justificar un enfrentamiento tan duro y un aislamiento tan prolongado, sino también porque no es la separación que permitirá superarlas y salir de la impotencia transformadora.
Es verdad que la participación en las “elecciones sindicales” y el tener “permanentes liberados” es una cuestión importante en la estrategia sindical actual. Se puede estar a favor o en contra; pero, en todo caso, esa cuestión, esa “táctica”, debe ser analizada seria y objetivamente desde el punto de vista de la coherencia con las “finalidades” del anarcosindicalismo; pero también de la eficacia para alcanzarlas. No desde una pretendida coherencia ideológica que sólo se aplicaría para tal opción táctica; pues sería una hipocresía y pura demagogia pretender que ella implica colaboración con el sistema y que no la hay cuando se acepta trabajar por un salario, cuando se lucha contra la deslocalización de las empresas o se recurre a asesorías jurídicas para reclamar los derechos legales conculcados a los trabajadores, para luchar contra los despidos, etc., etc., como se ha señalado en alguno de los comentarios. Es obvio que, trabajar para una empresa privada no impide luchar contra el Capitalismo, como trabajar en los servicios públicos (sanidad, enseñanza, seguridad social, etc.) tampoco impide luchar contra el Estado. Lo decisivo, para luchar contra el Capitalismo y el Estado, es no renunciar a esa lucha y hacer todo lo posible por mantener, en todo momento y circunstancia, un comportamiento antiautoritario.
Lo importante hoy: la acción
Yo no creo que el actual modelo de intervención sindical posibilite el cambio social. Yo también pienso como Alfonso Álvarez, actual secretario general de la CNT, que “mientras la dinámica de los comités y las elecciones sea una práctica aceptada mayoritariamente entre el conjunto de los trabajadores será difícil romper con la actual situación”. Que “lo importante no es llamarse de una u otra forma”, que “lo importante es la acción que se ejerce”. De ahí que considere, hoy por hoy, secundario la participación de algunos anarcosindicalistas en “la dinámica de los comités y las elecciones”. No sólo porque no sé si tal participación les permite tener una presencia sindical mayor y una mayor eficacia en las luchas sino también porque muchos de esos anarcosindicalistas me parecen sinceros en sus intenciones de luchar por la defensa de los trabajadores. Lo que si considero realmente importante y urgente es, como lo precisa Álvarez, “la unión de los trabajadores en la calle, en los tajos, en las luchas, en torno a las cuales trabajadores de distintas organizaciones van confluyendo (en piquetes, en ocupaciones, etc.)”; puesto que es evidente que “ahí es donde se puede establecer la solidaridad y a la vez el debate en torno a prácticas y luchas concretas”.
No me parece pues justificada la oposición a esta búsqueda de “unión de los trabajadores en la calle, en los tajos, en las luchas…” Las “discrepancias” y “diferencias estructurales” me parecen nimias ante lo que se nos viene encima… Más bien creo que las causas de la oposición son otras… Las mismas que contribuyeron a dividir la CNT durante la “transición” de la Dictadura a la Democracia, facilitando la continuidad institucional y a las clases privilegiadas poder preservar sus privilegios. Claro que tampoco debe olvidarse esa absurda y perniciosa tendencia a concebir el anarquismo como una doctrina casi religiosa y la pretensión de algunos de erigirse en sus exégetas. Un exclusivismo que acaba por convertirse en obsesión excluyente y aislacionista, anulando toda capacidad de autocrítica y de puesta en causa de las convicciones propias, sólo las de los demás. Un comportamiento incomprensible e inaceptable en personas que se pretenden partidarias de la libertad y la autonomía para todos. Incomprensible, porque la coherencia anarquista es la negación de toda forma de autoridad, e inaceptable, porque en momentos tan cruciales para la clase trabajadora, como lo son los actuales, la unión de los explotados y oprimidos es más necesaria que nunca. Una unión en la acción, que no obliga a renunciar a la identidad organizacional actual ni a la aspiración emancipadora del anarcosindicalismo, y que quizás nos obligue a una franca y leal emulación en la defensa de los derechos de los trabajadores y en la búsqueda de nuevos caminos hacia el mundo que anhelamos.
Fraternalmente
Octavio Alberol

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